Ganó Donald Trump: silencio, estoy de duelo

Samuel Silva

Hay muy pocas oportunidades en las que no cabe el humor. Muy pocos momentos en que la ironía -el delicioso lujo de la inteligencia- no se puede usar porque es como una falta de respeto. Sentí eso por primera vez la mañana del golpe militar en Chile, el 11 de septiembre de 1973, que volvió adultos de la noche a la mañana a todos los jóvenes chilenos de mi generación y cuyos efectos secundarios terminaron matando a mi madre casi diez años después. Volví a sentir que había muerto el humor para ese otro 11 de septiembre, el de las Torres Gemelas en llamas contra el fondo de cielo azulo sin manchas, cuando yo ya era un inmigrante, un hispano, miembro de una tribu numerosa pero mirada en menos en una sociedad que a pesar de todo eso me seducía por su avasalladora creatividad, por su casi infantil optimismo, porque aquí -creía yo- estaba naciendo el futuro, un futuro global y sin fronteras, donde la patria de todos sería el mundo, un mundo con democracia representativa, libertades individuales y economía liberal.

La tercera vez que sentí que reírse o hacer un comentario irónico era una grosería y una falta de respeto, ha sido la noche de este martes. Los norteamericanos han elegido presidente a Donald Trump. Todavía no lo puedo creer. Escuchen por favor: ¡los estadounidenses han elegido a Donald Trump! A ese chapucero ignorante, narcisista y embaucador, sin ningún respeto por los demás, que además no tiene ni una sola idea en la cabeza. Trump es pura pose, maquillaje, decorado y efectos especiales. No tiene sustancia, no tiene contenido. ¡Y lo han elegido presidente de Estados Unidos! No me puedo convencer. y no sé qué hacer. No sé qué hacer. Me dejo llevar por mi torrente de conciencia y por unos minutos se me olvida que ganó Trump. Pero es casi peor, porque cuando me vuelvo a acordar, la certeza de la realidad me invade como un flash. Trump presidente. Es algo que ya sucedió, que ya pasó, que es irreversible, que no se puede cambiar y es como despertar en medio de una pesadilla a corriente eléctrica y me llega como en un flash la certeza de que ganó Trump, de que ya sucedió. Muy parecido a lo que sentí durante días y días cuando se murió la Tere, la Mónica, Julio, la otra Mónica. Me negaba a aceptar el hecho irreversible de que los había perdido para siempre.

Me da un poco de vergüenza contar esto, pero hace un rato hasta me eché a llorar. A moco tendido, como decimos en Chile. No debe haber nada más ridículo que un viejo llorando como niño chico, pero qué le voy a hacer, eso fue lo que me pasó. De repente me acordé de la norteamericana que más quiero en el mundo, mi hija menor, la Octavia, que en realidad ni siquiera es norteamericana, tiene green card. Pero cinco años tenía cuando llegó a Estados Unidos, aquí empezó el colegio y aquí completó la educación primaria y secundaria. Postuló y fue aceptada por Hunter College de la City University of New York, y a los 17 años se fue a vivir sola a Manhattan. O sea es gringa; eso es lo que quería decir. Hace mucho tiempo que es dueña de casa y ahora vive en Washington DC con su pololo desde hace como cinco años. Es fan de la Hillary y no soporta a Trump, como toda la gente que yo conozco en este país. 

Nos texteamos temprano en la noche y ella estaba medio asustada, preocupada porque parecía que iba a ganar Trump. No, Tavi, tranquila, le dije, no va a ganar Trump. Va a ganar la Hillary, pero por poco. Con eso se quedó más tranquila y, como dejó de textear, me imaginé que se había dormido. Como a las tres de la mañana ya era oficial que había ganado Trump. La Hillary lo había llamado para concederle el triunfo.

Ahí fue que volví a acordarme de la Tavi. Al despertar  le va a caer lo de Trump como una bomba en la cabeza y además se va a enojar conmigo por haberle mentido o haberme equivocado. Me la imaginé llorando y ahí ya se me humedecieron los ojos. Pensé en los cuatro u ocho años tan inciertos que tiene mi hija por delante; pensé en mi vejez que avanza lento, pero nunca retrocede; pensé en Estados Unidos y en mi american dream personal, la sociedad planetaria con democracia laica y capitalista que respeta las libertades de los individuos, que sí está retrocediendo. El futuro del mundo modelado a la norteamericana se desdibuja mientras Trump impone el populismo, el aislacionaismo, el proteccionismo y el provincianismo. Me dio una pena terrible y ahí fue que me largué a llorar. Fue como abrir la llave. Seguí llorando y llorando, a sollozos. Hasta con hipo.

Con lo del hipo acabo de hacer un chiste, así que las cosas no pueden estar tan mal. Sigue viva la ironía y parece que sí se puede hacer humor de esta tragedia. Pero no nos engañemos, el triunfo de Trump es una tragedia para Estados Unidos y para el mundo. Y si Trump hace lo que ha dicho que va a hacer, sus acciones van a hacer mucho más daño a Estados Unidos y al mundo que la guerra iniciada por Osama Bin Laden el 11 de septiembre de 2001 y  la recesión de 2008 a 2009.

Hasta este martes, el modelo para construir la sociedad futura era el modelo estadounidense. Hoy no lo sabemos. Me carga sonar grandilocuente, pero es posible que la victoria electoral de Donald Trump haya alterado sustancialmente el destino de la especie humana.

Autor: Samuel Silva

Samuel Silva es editor de Opinión de AméricaEconomía.