¿Está enferma la democracia estadounidense?

Leo Zuckermann

En su editorial de ayer en Reforma, Jesús Silva-Herzog Márquez argumenta que sí. Creo que se está adelantando. El diagnóstico me parece que depende de lo que suceda este martes. Porque si gana Hillary Clinton la Presidencia podríamos afirmar exactamente lo contrario, es decir, que la democracia estadunidense está vivita, coleando y saludable. Tan saludable que en un periodo de ocho años logró colocar en la Presidencia a un afroamericano y a una mujer, dos eventos que enterrarían la anacrónica tradición de que sólo hombres blancos despachan en la Oficina Oval.

Es cierto que las campañas de 2016 han sido ríspidas y polarizadoras. Es cierto que es una vergüenza el apoyo que ha recibido un candidato fascistoide como Donald Trump. “Una alternativa abiertamente autoritaria que amenaza con limitar las libertades y pisotear cualquier restricción constitucional”, argumenta Silva-Herzog agregando: “Sólo un régimen político muy enfermo podría permitir que un personaje de este tipo hubiera llegado tan lejos”. Si gana hoy (toco madera), concordaría con Jesús. Pero vamos a suponer que —como lo demuestran todas las encuestas, modelos de predicción y apuestas— se lleva Clinton la Presidencia. Yo, entonces, lo vería de otra forma. Sólo una democracia tan vibrante como la estadounidense habría impedido que un tipo como Trump llegara a la Casa Blanca, incluso con una candidata tan mala como Hillary.

Habría muchos puntos positivos en ello. Número uno, Trump, con su discurso racista y xenófobo, habría despertado, por fin, al gran gigante del voto latino en Estados Unidos. Si gana hoy Clinton será gracias a este segmento del electorado que, de aquí en adelante, será fundamental para cualquier candidato que aspire a gobernar ese país.

Número dos, las mujeres quedarían empoderadas con la llegada de una de las suyas a la Casa Blanca. Se demostraría que un macho narcisista que las insulta no es opción ganadora. Más aún, las groserías de Trump habrían generado un sentimiento en las mujeres que no se vale ya la discriminación de género y el abuso sexual sin consecuencia alguna.

Tres, si bien es cierto, como dice Silva-Herzog, que Trump creció por la chocante influencia del entretenimiento en la política democrática, también es cierto que vimos, como hace mucho no lo hacíamos, la influencia de la prensa seria como contrapeso a la demagogia. Las investigaciones de The New York Times y de The Washington Post fueron fundamentales para hundir a Trump. La prensa tradicional, con sus reportajes serios basados en evidencia empírica, le ganaron la competencia, creo, a las entretenidas ocurrencias de los viejos y nuevos medios.

Cuatro: Dice Jesús que en esta elección se perdió el foro, la crítica y la deliberación; que llegaron en Estados Unidos a un extremo de individualismo donde nadie escuchaba al otro. Coincido que fue el caso para los partidarios extremistas de ambos bandos. Pero no hay que generalizar. De hecho, pienso que esta elección fue vibrante. Los debates resultaron fantásticos. En las elecciones primarias vimos desfilar a casi una veintena de republicanos que primero mimaron a Trump y luego, ya tarde, quisieron hacerlo talco sin éxito. En el frente demócrata, el enfrentamiento entre Clinton y Sanders fue una delicia. Y luego los tres debates entre Trump y Clinton reflejaron los auténticos contrastes entre los dos candidatos. Tan es así que el republicano comenzó a hundirse a partir del primer debate: nunca más pudo levantarse.

Finalmente, creo que es un error juzgar a la democracia estadounidense sólo por la elección presidencial. Estados Unidos es una república muy sofisticada de pesos y contrapesos. Mañana habrá muchísimas elecciones más donde veremos la fortaleza de un federalismo genuino. Y qué decir de los fascinantes ejercicios de democracia directa en las boletas de diversos estados con propuestas para resolver problemas públicos como la mariguana, el salario mínimo, los precios de las medicinas o el control de armas.

En suma, todavía es muy temprano para diagnosticar que la democracia en el vecino del norte está enferma. Tiene muchos problemas, sin lugar a dudas, como todas las del planeta. Pero sospecho que hoy los estadounidenses nos darán una lección democrática al bloquear a un fascistoide y poner en la Casa Blanca, por primera vez en su historia, a una mujer después de haberlo hecho con un afroamericano. ¿Nada mal, verdad? Ojalá no me equivoque porque, de lo contrario, tendré que darle la razón a Jesús.

*Esta columna fue publicada originalmente en Excélsior.com.mx.

Autor: Leo Zuckermann

Leo Zuckermann es analista político y académico mexicano. Posee una licenciatura en administración pública en El Colegio de México y una maestría en políticas públicas en la Universidad de Oxford (Inglaterra). Asimismo, cuenta con dos maestrías de la Universidad de Columbia, Nueva York, donde es candidato a doctor en ciencia política. Trabajó para la presidencia de la República en México y en la empresa consultora McKinsey and Company. Fue secretario general del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), donde actualmente es profesor afiliado de la División de Estudios Políticos. Su columna, Juegos de Poder, se publica de lunes a viernes en Excélsior, así como en distintos periódicos de varios estados de México. En radio, es conductor del programa Imagen Electoral que se trasmite en Grupo Imagen. En 2003, recibió el Premio Nacional de Periodismo.