EE.UU., una elección sin ganador

Ines Pohl

El mundo tiembla a la espera de este martes, día en que los estadounidenses eligen a una nueva presidenta… o a un nuevo presidente. Hasta el final quedará abierta la posibilidad de que Donald Trump, su esposa Melania y otros miembros de su empresa familiar se muden a la Casa Blanca. El solo hecho de imaginar ese escenario es perturbador. ¿Cómo se pudo llegar a este estado de cosas? ¿Cómo pueden los estadounidenses estar a punto de llevar a un hombre sin experiencia política alguna al cargo político más importante del mundo?

Obama dejará pendientes enormes tareas. Como si no fueran suficientes las enormes tareas que el presidente Barack Obama dejará a quien lo suceda en Washington, tanto en política interior como exterior. Puertas adentro, la reforma sanitaria no ha sido terminada y el estado de la educación y la infraestructura es desastroso en muchos puntos del país, por ejemplo. De cara al mundo, Siria es sólo un ejemplo de lo peligroso que puede ser el vacío de poder que surge cuando Estados Unidos –el "policía global”– se retira y nadie –excepto Rusia– está dispuesto a suplirlo, o cuando el "gigante norteamericano” no recibe de Europa el respaldo militar sobre el que se basaba la nueva estrategia de repliegue de Washington.

Pese a todo, lo más probable es que, al final, Hillary Clinton gane las elecciones presidenciales. Puede que su ventaja en las encuestas se reduzca, pero esta sigue existiendo. Además, en el peculiar sistema electoral estadounidense, Clinton tiene asegurado el voto de los delegados o compromisarios, los representantes de los electores primarios.

Sin embargo, independientemente del resultado de los comicios, está claro que de esta indigna campaña electoral sólo saldrán perdedores. A lo largo de los últimos meses, Estados Unidos se ha convertido en un país guiado por expertos en demagogia y teorías de conspiración. Eso tiene mucho que ver con Donald Trump, un hombre que no tiene idea alguna sobre cómo funciona la política, pero que posee la capacidad retórica para transformar preocupación en odio, temor en xenofobia racista e inseguridad en fantasías de superioridad, presentándose siempre como el único salvador posible. Esa es la clásica receta para el éxito del demagogo.

Hombre de negocios, interesado en su propio beneficio.  De ahí que mucha gente alrededor del mundo dirija su frustración y su desesperación frente a la situación de Estados Unidos en la figura de Trump, percibiéndolo como el culpable de que ese país esté al borde de la ingobernabilidad.

Pero esa lectura del problema es incorrecta. Al menos en términos políticos. Y es que, por definición, Trump no es un autoproclamado defensor del bien común, que haya roto su palabra. Trump es un hombre de negocios. En consecuencia, sólo le interesa la ganancia personal. Fue así como erigió su imperio inmobiliario y obtuvo el voto de los republicanos para representarlos en la carrera por la presidencia. Y, de ganar los comicios, es ese el talante con el que entrará a la Casa Blanca.

Un brutal sistema de clases. ¿Son los ciudadanos estadounidenses responsables de lo que hoy se ve en su país por ser tan fáciles de seducir, tan tontos como para no entrever los verdaderos intereses de Donald Trump? También esa es una lectura errada del problema. Quien se haya esforzado en recorrer el territorio estadounidense con oídos abiertos durante los últimos meses debe haberse topado con muchos simpatizantes de Trump capaces de articular buenos argumentos para votar por él. Quien se aleje de las grandes urbes será testigo de la miseria que aqueja a esta "tierra de las posibilidades infinitas”, conocerá gente que vive en barrios pobres y decadentes, verá a viejos y enfermos arreglándoselas con poco dinero, sabrá de niños cuyo precario futuro fue augurado tan pronto nacieron en este brutal sistema de clases.

Por si fuera poco, en las últimas semanas, la publicación de información proveniente de direcciones electrónicas hackeadas refuerza el discurso que Donald Trump –el neófito en política– viene pronunciando exitosamente desde hace meses, porque demuestra cuán corrupto es el partido de los demócratas, cuán estrechamente ligada está esa formación con los Clinton, y cómo hizo todo lo que estaba en su poder para evitar tener como candidato a la presidencia a un hombre que realmente se habría esmerado en impulsar una renovación democrática.

Distanciamiento de las bases. En este año decisivo, el establishment político estadounidense recibe la factura por su arrogante egocentrismo. Los republicanos se mostraron muy satisfechos con su política de bloqueo durante la gestión de Obama, indiferentes a la posibilidad de que decisiones urgentes pudieran haber sido tomadas. El distanciamiento de sus propias bases les impidió tomar en serio a Donald Trump durante mucho tiempo y al final se vieron obligados a aceptarlo como candidato, a pesar de que su nominación amenazaba con dividir al partido. Aunque Trump pierda frente a Clinton, sus millones de seguidores no desaparecerán. Estos seguramente torpedearán –dentro y fuera del partido– cualquier intento de establecer compromisos razonables con un Gobierno de Clinton. Y no hay ningún líder republicano a la vista con capacidad para canalizar la decepción y la rabia. Queda abierta la pregunta sobre el margen de maniobra que los republicanos esperan seguir teniendo.

Si gana los comicios, también Hillary Clinton tendrá un margen de maniobra muy limitado, a pesar de su talento político y de su experiencia. Entre otras razones porque, al contrario de lo esperado, ella no contará con la mayoría en ninguna de las dos cámaras del Congreso. Todo eso es un desastre, tanto para los habitantes de Estados Unidos como para el resto del mundo, que necesita un Estados Unidos que funcione.

Autor: Ines Pohl

Ines Pohl es corresponsal de DW en Washington.